El referendum sobre la reforma politica

1976-12-14 - Adolfo Suárez


Buenas noches, señoras y señores:

a los días de jurar mi cargo

de presidente del Gobierno ante

Su Majestad el Rey, prometí

dedicar mi esfuerzo a un objetivo,

que es el objetivo de la monarquía

a la que servimos: darle al pueblo español

el protagonismo que le corresponde.

Han pasado cinco meses –yo diría que cinco

importantes meses–, y ha llegado la hora: mañana

son convocados a las urnas veintidós millones

de españoles para decidir su futuro político.

En la víspera de este acontecimiento,

comparezco una vez más ante ustedes para explicar

los criterios del Gobierno sobre temas

que a todos interesan; dar cuenta de cada uno

de nuestros pasos, y acudir a la opinión pública

y a la consulta, porque el Gobierno de Su

Majestad el Rey, que me honro en presidir,

quiere gobernar asistido por la sociedad.

Por ello, deseo hacer constar los principios

que inspiran la reforma política que mañana

se somete a sanción popular. Se trata, en primer

término, de modificar nuestras estructuras

políticas con el único fin de acomodarlas a

la realidad de España y al pluralismo existente

en su base social. No nos mueve para ello

ningún afán de gobernar con espectacularidad,

ni ningún deseo de protagonismo. No

servimos tampoco intereses de partido, por

muy respetables que éstos sean para nosotros.

Cuando el Gobierno se calificó a sí mismo de

gestor de la transición política, estaba indicando

un estilo, un procedimiento, pero

también un servicio que se deriva de trabajar

en equipo a favor de nuestro pueblo y de nuestro

Rey.

Es evidente, señoras y señores, que todo ha

cambiado en esta nación. Desapareció la excepcional

figura de Franco. Surgió en la piel

de España, en toda su riqueza, un pluralismo

que tiene que ser aprovechado y canalizado

para ser útil a la comunidad. Se están estructurando

nuevas fuerzas sociales que deben tener

oportunidad de someterse al contraste del

voto popular para que puedan aportar su iniciativa

al quehacer nacional. Y si esto es así:

¿hemos de asistir impasibles a esta profunda

mutación de nuestras relaciones? ¿Es lícito

que adoptemos la cómoda postura de contemplar

el cambio sin procurarle los instrumentos

jurídicos y políticos para que sea positivo

y creador?

Pienso que no. Por supuesto que es obligación

del Gobierno, porque así se lo encomienda

la ley, porque así lo demandan ustedes y

porque ése es el espíritu de la Corona, dar respuestas

válidas a todos estos desafíos del momento

histórico. Tenemos la seguridad de

que en la España de hoy la integración plena

de todos en la comunidad nacional no puede

darse sin libertad política. El procedimiento

para ello es esta ley para la Reforma, cuyo destino

deben decidir mañana.

Mi comparecencia ante estas cámaras no es

para pedir un voto gratuito a favor de la ley.

Es, sobre todo, para pedir un voto en conciencia,

un voto que haga posible que la Constitución

española, los comportamientos políticos

españoles, respondan a las exigencias actuales

del país.

No significa en absoluto, que ignoremos

nuestro inmediato pasado. Significa que lo

asumimos, pero que lo asumimos con responsabilidad.

Significa que recogemos su herencia, pero

la recogemos con la exigencia de perfeccionarla

y acomodarla –como cualquiera de nosotros

hacemos en nuestras casas– a las demandas

actuales de la gran familia nacional.

Significa, en definitiva, que hemos aceptado

el compromiso de la reforma para engrandecer

la legalidad, para hacer más sólida la legalidad

y para crear una absoluta transparencia

en los comportamientos públicos, puesto

que pienso que nada de cuanto ocurre en España

debe ser ajeno a ningún español.

Detrás de la ley que mañana se somete a

votación no hay ningún secreto, ningún misterio,

ningún pacto.

Si ustedes me pidieran un nuevo resumen

de sus objetivos, los condensaría en una sola

frase: queremos que el pueblo español controle

y dirija, por medio de sus representantes

libre y democráticamente elegidos, los destinos

de nuestra patria. Las próximas elecciones

–si ustedes aprueban esta ley– dirán quiénes

son los depositarios de la confianza popular.

Pero ahora mismo pienso que ni el Gobierno,

ni las fuerzas políticas, ni ninguno de

nosotros individualmente, podemos desprendernos

de la obligación de hacer posible todo

eso. Por ello, cuando les pedimos que mañana

vayan a las urnas, que mañana voten, que

mañana ejerzan la soberanía que la ley les

otorga, no es por afán de ganar una batalla

que no hemos planteado.

Es únicamente porque creemos que nadie,

salvo el pueblo en su conjunto, como dueño

de sus destinos, tiene autoridad para dirigir el

cambio. Si pedimos la presencia de todos en

los colegios electorales, es por la convicción

profunda de que el nuevo marco político que

buscamos sólo será respetado si se basa en el

consentimiento general de la nación, o dicho

de otra forma: sólo disfrutaremos de seguridad

política y de horizontes claros, si la reforma

se asienta en la voluntad general.

El proceso político que está viviendo España

es quizá único en la historia. Difícilmente

se encuentran precedentes conocidos. Y si todo

cambio político implica dificultades, lo

que es excepcional implica dificultades excepcionales.

El Gobierno es plenamente consciente de

las graves dificultades que comporta conducir

la transición política, pues en etapas como

ésta se suelen generar, lógicamente, recelos e

incomprensiones en los diferentes sectores de

la sociedad, sean de centro, de derecha o izquierda.

Es muy estrecho el camino por el que tiene

que discurrir la acción del Gobierno en estas

circunstancias y, por otra parte, normalmente

está siempre erizado de dificultades, ya

sean económicas, políticas o sociales.

Realizar un cambio que es verdadero, y hacerlo

pacíficamente sin revoluciones y sin

traumas, es una empresa merecedora de despertar

las mayores ilusiones.

En consecuencia, quiero asegurarles que el

Gobierno que presido está firmemente decidido

a continuar su andadura, porque espera encontrar

el apoyo de la mayor parte del pueblo

para conseguir que todos los españoles puedan

seguir caminando hacia el futuro, no sólo

sin sentirse heridos, sino con la frente alta y la

conciencia limpia.

Conocemos nuestros objetivos. Somos

conscientes de nuestro compromiso. Sabemos

de la dificultad –como he dicho antes–

de gobernar una situación de cambio, cuando

la legislación está anclada en el puerto de salida

y tenemos que llegar al puerto de destino

de una democracia plena. Por todo ello, tenemos

que conseguir un difícil equilibrio: el difícil

equilibrio de conjugar la legítima autoridad

del Estado y el prestigio de sus normas

con los cambios sociales ya producidos y que

son irreversibles.

Yo estoy convencido de que, en estas circunstancias,

el pueblo español reforzará su serena

y digna decisión de votar por una España

en paz y concordia, basada en la soberanía

popular, porque sólo así se podrán esclarecer

las situaciones de confusión.

Así, una vez conocido lo que la ley de Reforma

Política pretende, conviene quizá resaltar

que el único riesgo insalvable para el país es

volverse de espaldas al curso de la historia. Si

todo cambio político implica dificultades y

tensiones es conveniente saber que el Gobierno

es absolutamente consciente de que preguntarle

al pueblo español cómo quiere su

porvenir es el único medio de construir un futuro

sin riesgos.

Pedimos el sí para que la política esté en

línea con la realidad del país.

Pedimos el sí porque, frente a la imagen de

la España diferente, queremos construir

entre todos la España sin tópicos ni complejos.

Pedimos el sí porque aspiramos a que cada

español se sienta gestor en los compromisos y

en las obligaciones, pero también en los beneficios

de la tarea común.

Pedimos el sí porque es necesario abrir las

puertas a nuevos representantes legítimos

que encaren, con la autoridad emanada de las

urnas, las reformas que sean precisas. Pedimos

el sí porque este país tiene derecho a instituciones

emanadas de los deseos populares.

Sólo me resta decir que, cuando como presidente

del Gobierno de Su Majestad les invito

a acudir a las urnas y solicito su voto afirmativo,

no estoy pidiendo nada para mí. Sólo pido

que, entre todos, con todos, hagamos posible

que a este pueblo se le devuelva la confianza

de sentirse capaz de gobernarse a sí mismo.

Sólo pido que abramos una puerta a la

posibilidad de que nuestra vida pública no dependa

de quienes más se hacen oír, sino de

quienes mejores soluciones aporten.

Mañana, señoras y señores, gobiernan veintidós

millones de españoles. Mañana comienza,

si su voto es afirmativo, una nueva etapa

histórica basada en la soberanía popular.

Pienso que entre todos vamos a hacer posible,

con nuestro voto, que esta sociedad, tan

castigada a veces por la historia, encuentre

ahora, en un orden que margine a los extremismos,

en una libertad que no ofrezca coartada

para la violencia, una nueva oportunidad

para la concordia, la normalidad y la paz

civil. Vamos a servir a nuestros hijos y a las

generaciones venideras, despejando el futuro

de incógnitas incertidumbres. Vamos a crear

una forma de gobierno estable, con el único

procedimiento posible: que sean las mayorías

quienes ejerzan el poder, con el respeto profundo

y eficaz a las minorías.

Vamos a abrirle la puerta al mandato del

sentido común, con rigor, con realismo, pero

también con ilusión, porque estoy firmemente

convencido de que es posible la consolidación

en paz de este gran pueblo que se llama

España.

Ustedes tienen la palabra




Enviado por Enrique Ibañes