La suerte ya está echada

1941-07-17 - Francisco Franco


El ejército fue el crisol en que se

fundió la común inquietud de

nuestras juventudes. La unión

sagrada que en sus filas se forjó

hizo posible la victoria.

Por primera vez en la historia

contemporánea podemos decir que España

manda en sus propios destinos, y mandará

tanto más cuanto se afiance la unión y solidaridad

de los españoles para nuestra empresa.

La gloria de España descansa y descansará

siempre en su unidad. Quien contra ella labora,

sirve a los propósitos de nuestros enemigos.

No es nuevo el sistema. Nuestra historia

repetidamente registra como, al no podernos

vencer por la fuerza de las armas, se provocaron

desde el exterior aquellos procesos internos

de disolución, que acabaron enfrentando

españoles con españoles y que deshicieron a

España material y moralmente. Contra todo

aquello nos alzamos y dimos la sangre generosa

de los mejores; pero no lo realizamos para

volver de nuevo al punto de partida. Si la España

envilecida por la República colmó nuestra

paciencia y movió nuestro brazo, tanto

nos disgusta y nos repugna la decadente que

hizo posible aquel engendro. Tan despreciable

es para nuestra obra el rojo materialista

como el burgués frívolo, el traficante codicioso

o el aristócrata extranjerizado. Tan grande

y tan extenso ha sido el mal, que explica fácilmente

que si en la gran obra de resurgimiento

de España han de colaborar todos los españoles,

su encuadramiento y su dirección corresponda

a esa minoría inasequible al desaliento,

que cuando España se perdía, alzaba su

bandera de combate y, ante los gloriosos caídos

en lucha desigual, levanto el bosque de

sus brazos con sus palmas abiertas.

Por eso he repetido tantas veces que terminada

victoriosamente nuestra guerra, no acabó

con ello nuestra lucha. Destruimos los ejércitos

materiales que se oponían al restablecimiento

del orden y al imperio de nuestro derecho;

pero la guerra tenía una mayor profundidad.

A la batalla militar sucedían la batalla

política, la de desarraigar las causas de nuestra

decadencia, la de educar y disciplinar a un

pueblo en principios de solidaridad nacional,

devolviendo a todos los españoles, como en

frase feliz decía José Antonio, el orgullo de

serlo. Pecan gravemente contra la patria los

espíritus viejos que, pregonando ser enemigos

del materialismo rojo, lo sirven, sin embargo,

al aferrarse a viejos prejuicios, añorando

aquellas ridículas minorías que les permitían

lucir su decadente ingenio en círculos

provincianos o en salones aristocráticos. Faltan

también a sus deberes los que traicionando

la limpia nobleza de sus progenitores sueñan

con el restablecimiento de prerrogativas

de casta, aunque con ello se torciera el destino

histórico de nuestra patria. Y pecan igualmente

los que, carentes de virtudes o esclavos

de su egolatría, subordinan los intereses de la

nación al de su torpe ambición o a las satisfacciones

de su vanidad.

Aestas diarias batallas por la unidad política

de España se unen las económicas de la

postguerra, y también en ellas los enemigos

seculares han intentado explotar miserias, codicias

y necesidades. En la España materialmente

destruida que los jerifaltes rojos tanto

pregonaron, se intentó presentar como si fuera

obra de nuestro régimen como si la destrucción

de nuestras fuentes de producción y de

nuestros barcos y material ferroviario no fuera

obra declarada y pregonada por sus propios

autores.

Hemos pasado y superado los dos años más

difíciles de la vida económica de nuestra nación.

Con escasez de barcos y con limitación

de divisas hubimos de transportar de lejanos

países cerca de dos millones de toneladas de

cereales para el abastecimiento, que si encontramos

pueblos hermanos, como Argentina,

que facilitaron su adquisición, el Consejo debe

saber cómo otros han intentado obstaculizar

el abastecimiento de nuestra patria.

Yo quisiera llevar a todos los rincones de

España la inquietud de estos momentos, en

que con la suerte de Europa se debate la de

nuestra nación, y no porque tenga dudas de

los resultados de la contienda. La suerte ya está

echada. En nuestros campos se dieron y ganaron

las primeras batallas. En los diversos

escenarios de la guerra de Europa tuvieron lugar

las decisivas para nuestro continente.Yla

terrible pesadilla de nuestra generación, la

destrucción del comunismo ruso, es ya de todo

punto inevitable.

No existe fuerza humana capaz de torcer

estos destinos, mas no por ello hemos de descartar

el que la vesania, que rige la política de

otros pueblos, intente arrojar sobre Europa

nuevas miserias. Contra ello hemos de prepararnos

ofreciendo al mundo el ejemplo sereno

de un pueblo unido dispuesto a defender

su independencia y su derecho.

Nadie más autorizado que nosotros para

decirles que Europa nada ambiciona de América.

La lucha entre los dos continentes es cosa

imposible. Representaría sólo la guerra en

el mar, larga y sin resultados; negocios fabulosos

de unos pocos,miserias insospechadas para

muchos; pérdidas ingentes de barcos y mercancías,

la guerra de submarinos y de barcos

rápidos dando zarpazos al antes comercio pacífico

del mundo.

Dos costas enfrentadas, fuertes e inabordables

para su enemigo; un mar repartido en zonas

de influencia, europea y americana, y barridos

los barcos del comercio universal.

La guerra en nuestro continente ha sido a

tiempo clara y decidida. Quiso plantearse en

análogos términos que la del año 14. Ilusión

que se marchitó en flor. Rusia no quiso formar

en el frente aliado; se reservaba y preparaba

para el acto final. Polonia sucumbió sin la

menor ayuda. La entrada de Italia cortó las

rutas del Mediterráneo. La campaña de Noruega

repartió el mar del Norte entre los beligerantes.

La batalla de Flandes y la derrota

total de los más poderosos ejércitos europeos,

suprime el frente occidental, dando a Alemania

la salida del Océano. El ingenio de estabilizar

un frente en los Balcanes, se derrumbó

con la victoriosa campaña de Grecia. Las costas

de Noruega, las aguas del Canal y los mares

de Creta, son escenarios en que la aviación

arroja a las escuadras enemigas de las

proximidades de las costas. Su eficacia en su

defensa nadie puede ya discutirla.

Ni el continente americano puede soñar en

intervenciones en Europa sin sujetarse a una

catástrofe, ni decir, sin detrimento de la verdad,

que pueden las costas americanas peligrar

por ataques de las potencias europeas.

Así la libertad de los mares, monstruoso sarcasmo

para la pueblos que sufren las consecuencias

de la guerra, ni el derecho internacional,

ultrajando por el bloqueo inhumano de

un continente; ni la defensa de los pueblos invadidos,

a los que se intenta arrastrar al hambre

y a la miseria, son ya más que una grandiosa

farsa en que nadie cree. En esta situación,

el decir que la suerte de la guerra puede torcerse

por la entrada en acción de un tercer país,

es criminal locura, es encender una guerra

universal sin horizontes; que puede durar

años y que arruinaría definitivamente a las

naciones que tienen su vida económica basada

en su legítimo comercio con los países de

Europa. Estos son los hechos que nadie puede

contravertir. El bloqueo de Europa contribuye

a que se cree una autarquía perjudicial a

Sudamérica. La persistencia de la guerra perfeccionará

la obra.

Se ha planteado mal la guerra y los aliados

la han perdido. Así lo han reconocido, con la

propia Francia, todos los pueblos de la Europa

continental. Se confió la resolución de las

diferencias a la suerte de las armas, y les ha

sido adversa. Nada se espera ya del propio esfuerzo;

clara y terminantemente lo declaran

los propios gobernantes. Es una nueva guerra

la que se pretende entre los continentes, que

prolongando su agonía les dé una apariencia

de vida, y ante esto, los que amamos a América,

sentimos la inquietud de los momentos y

hacemos votos porque no les alcance el mal

que presentimos.

La campaña contra la Rusia de los Soviets,

con la que hoy aparece solidarizado el mundo

plutocrático, no puede ya desfigurar el resultado.

Sus añoradas masas, sólo multiplicarán

las proporciones de la catástofre. Veinte años

lleva el mundo soportando la criminal agitación

del comunismo ruso; raro es el país que

haya podido escapar a su labor disociadora.

España, que tanto sufrió por su criminal intervención,

que la llevó al borde del abismo, y

que dio contra él las primeras y más sangrientas

batallas, puede apreciar como ninguno el

alcance y dimensión de la lucha española.

Pudo hasta hoy el oro comunista y la prensa

judía hurtar al mundo el conocimiento y

divulgación de las sesiones de Komintern ruso,

en que se contrastaban los progresos de su

acción revolucionaria en los distintos países;

pueden los pueblos hispano-americanos haber

desconocido la atención preferente que se

les dedicaba e ignorar el injuriante calificativo

de “pueblos semicoloniales” con que la

central comunista les distinguía; lo que ya no

puede ocultarse a los ojos de nadie es lo que

encerraba el oprobioso régimen soviético. La

Cruzada emprendida contra la dictadura comunista

ha destruido de un golpe la artificiosa

campaña contra los países totalitarios. ¡Stalin,

el criminal dictador rojo, es ya aliado de

las democracias! Nuestro Movimiento alcanza

hoy en el mundo justificación insospechada.

En estos momentos en que las armas alemanas

dirigen la batalla que Europa y el cristianismo

desde hace tantos años anhelaban, y

en que la sangre de nuestra juventud va a unirse

a la de nuestros camaradas del eje, como

expresión viva de solidaridad, renovemos

nuestra fe en los destinos de nuestra patria,

que han de velar estrechamente unidos nuestros

ejércitos y la Falange.



Enviado por Enrique Ibañes