Resistencia y fe

1938-09-30 - Juan Negrín López


Señores diputados. Permítase una

pequeña digresión de tipo personal,

quienes conocen mi breve historia

política saben que nunca he

aspirado a cargos políticos; por

no ser, ni he querido ser diputado;

posiblemente, de todos los que aquí toman

asiento soy el único que ha sido elegido

sin proclamación porque me negué a ser candidato.

Quizá todos sepan que al ser designado

para ministro de Hacienda opuse mi más

viva resistencia, y sólo consideraciones de disciplina

de partido y de patriotismo me llevaron

a aceptar. No menos viva, y quizá rebasando

en su negativa los linderos de la cortesía,

fue mi oposición de aceptar el cargo de

jefe del Gobierno en mayo de 1937. Pues

bien, señores diputados, la única ocasión en

mi vida en que he demandado, en que con mi

autoridad de jefe de Gobierno he exigido asumir

la responsabilidad de la dirección de la

guerra desde el Ministerio de Defensa Nacional,

ha sido en la noche del 29 al 30 de marzo

en que en mí se produjo una crisis íntima. ¿Para

qué evocar el recuerdo de aquellos lúgubres

instantes? Deshecho el frente, sin frente,

en desbandada y presa de pánico gran parte

de nuestro ejército, desmoronada la moral de

nuestra retaguardia, creí yo entonces, señores

diputados, que a quien incumbió la responsabilidad

de la política del país no podía rehuir

en esos instantes el asumir la máxima responsabilidad,

cual era la dirección de la guerra;

no se podría gritar y exigir una política de resistencia

si al mismo tiempo en el terreno de

las realidades, en el terreno de las luchas no se

asumía también la responsabilidad de la dirección.

Por eso, señores diputados, se produjo

el cambio con las modificaciones de Gobierno

que entonces introduje. He tenido yo

siempre la convicción, la sigo teniendo, de

que el factor dominante en la lucha es la fe y

que sin fe en la victoria no puede haber triunfo,

no puede haber decisión. Simplemente, en

estas palabras: en fe, en seguridad, en convicción,

que había de llevarse al ánimo de todo

el mundo, quería yo cifrar y basar en aquellos

instantes una política de resistencia que

había de ser una política de resistencia constructiva.

Y ahora, señores diputados, vamos a llegar

al fin de la guerra. ¿Puede ganarse la guerra?

¿Ha de ganarse la guerra? Claro que puede y

ha de ganarse la guerra. Lo podemos decir nosotros

que hemos sobrevivido los tristes meses

que hay de mayo a octubre. ¡Qué duda cabe!

¿Se ganará militarmente la guerra, que es

la pregunta que hacen muchos? Ante la superioridad

en material del enemigo, ante la superioridad

en medios y recursos del enemigo,

¿podremos nosotros triunfar militarmente?

Señores diputados, ¿quieren ustedes decirme

qué guerra se ha ganado militarmente?

Yo quiero recordar con otras palabras lo

que ya dije en Madrid. La guerra se pierde

cuando da uno la guerra por perdida. El vencedor

lo proclama el vencido; no es él quien

se erige en vencedor. Y mientras haya espíritu

de resistencia, hay posibilidad de triunfo.

Yno es el triunfo exclusivamente militar: muchas

veces se ha producido el fracaso militar

por un desmoronamiento en el espíritu de resistencia

y en la moral del enemigo. ¿Dónde

está hoy la moral, señores diputados? ¿De parte

de nuestros enemigos o de parte nuestra?

¿Por qué está de nuestra parte? Porque sabemos

que no tenemos más remedio; defendemos

nuestra vida, defendemos nuestros intereses

y defendemos algo que yo quiero creer

que para nosotros está por encima de todo

eso: defendemos a nuestra España. Por eso

triunfaremos, y podremos triunfar; con los

éxitos militares y sin ellos, pero con un aumento

de nuestro espíritu de resistencia y de

nuestra moral y con un decaimiento, que ya

se ha iniciado hace mucho tiempo que cada

vez se acentúa más por parte de nuestros enemigos

y que, a medida que su ficción y su ciegamiento

se borren y se den cuenta de que luchan

en contra de los intereses permanentes

de España, será mayor y les llevará al hundimiento

pleno y total. La guerra se puede ganar

y se ha de ganar. Y, ¿cómo vamos a ganar

la guerra? ¿Pactos, componendas, arreglos?

Sí; podría terminarse con pactos, arreglos o

componendas. Pero con este Gobierno, no.

Este Gobierno no va a pactos, ni componendas,

ni arreglos, porque los enormes sacrificios

que ha hecho nuestro país serían estériles

si nosotros fuéramos a algo que nos habría de

llevar irremediablemente al nuevo sistema de

dirección del país, al mismo sistema de dirección

que se instauró en España después de la

Restauración. Para eso no valía la pena ninguna

de las vidas que se han sacrificado ni ninguna

de las gotas de sangre que se han derramado

en nuestro suelo.

¿Mediación? La hemos pedido siempre. La

única mediación que cabe: la mediación con

esos países que han invadido a España; mediación

que hemos reclamado porque tenemos

derecho a que medien, a que intervengan,

a que les obliguen a que salgan, o sino

que se pongan de nuestro lado los países que

están ligados a este compromiso en virtud de

un pacto. Pero, ¿mediación con los españoles?

¡Ah! Pero, ¿es que vamos a convertirnos

nosotros en un país de capitulaciones? Eso es

completamente inaceptable. Liquídese el problema

de los extranjeros en España, y entonces

nuestro problema se resolverá como tiene

que resolverse, como debe resolverse.

Yo, midiendo pefectamente el alcance de

mis palabras y la responsabilidad de lo que

digo, me dirijo desde aquí a los españoles del

otro lado e invoco su patriotrismo; no a nuestros

amigos perseguidos, ocultos o enmascarados,

que hay muchos amigos nuestros, ni a los

indiferentes, materia deleznable e inerte que

a nosotros políticamente y desde el punto de

vista de Gobierno, ni aquí allí nos interesan;

yo me dirijo a nuestros enemigos y les digo:

“¿Hasta cuándo y hasta dónde tiene que durar

esto? ¿No os dais cuenta de que estáis sacrificando

y estáis destrozando completamente

a España? Pactos, arreglos, componendas,

no. Pero os ofrecemos una legalidad que está

definida en los trece puntos de fines de guerra

del Gobierno. ¿Es que hay aquí algún punto

que no puedan suscribir los españoles que se

sientan españoles por encima de todo y que

quieran convivir con los demás aunque piensen

de distinta manera y discrepen de ellos?

¿Es que no estamos todos conformes en que

hay que asegurar la independenica de España,

librarla de la invasión extranjera? ¿Es

que, señores diputados, somos opuestos a

una España vigorosa, con la forma republicana,

que es la legal y que nosotros pedimos,

pues la monarquía fracasó en España, no voy

a discutir el principio monárquico; admito

que teóricamente se pueda sostener el principio

monárquico como conveniente, pero la

monarquía fracasó y no hay sentimiento monárquico

en España como en otros países?

Nosotros hemos aprendido mucho de la

guerra y hemos querido corregir y corregimos

nuestros errores, y yo les digo a esos españoles

de enfrente si es que ellos no han aprendido

nada y su obcecación, su vanidad, su soberbia

puede consentir que llegue al exterminio de

nuestra patria y a la división de zonas de influencia.

Porque eso sí quiero advertirlo. El

Gobierno, la España leal no consentirá eso

nunca y bajo ningún pretexto; antes lo que

sea, antes lo que sea que España pueda dividirse

en zonas o repartirse entre tendencias

políticas diferentes; antes lo que sea, con todas

sus consecuencias.

Creo en el porvenir de España. Lo he dicho

siempre. Quizá si no creyera en el porvenir de

España, no tendría fuerzas para representar

la República y ocupar el cargo que ocupo. Estoy

plenamente convencido de ello. España

es rica, España tiene la labor de sus hijos, tiene

para sostener a todos sus hijos, cosa que ya

es bastante riqueza; militarmente, geográficamente,

una posición sin par en Europa. En

cuanto a riqueza natural, no es comparable

con ningún país. Dentro de un régimen de autarquía,

quizá sea España el único país de Europa

que pueda llevarlo sin quebranto de sus

economía y bienestar. España tiene y puede

tener un gran porvenir. Tengo fe absoluta en

la reparación económica de España. Es precisamente

para eso que los gobiernos a quienes

esto incumba puedan gobernar y se les deje

gobernar, y se sientan apoyados y sostenidos

en su función de gobierno; pero sólo así, en

estas condiciones, se podrá hacer una España

a base de una reconciliación que es necesaria;

una España; la de los españoles, después de

este bautismo de sangre que nos ha depurado

y redimido de todas las faltas y errores que

podamos haber cometido; una España a la

que tenemos derecho. Y yo, ante el porvenir

de España, quizá por razones de interrogatoria

de cuál será, o si será en una posición pesimista

o de depresión. No; yo sé que hay que

querer, que hay que tener un plan, y cuando

se dirige y se gobierna, no puede uno preguntarse

qué será, sino que hay que decir cómo

ha de hacerse. Y yo aseguro, señores diputados,

que las perspectivas son halagueñas aun

después de tantas tristezas. Es más; que si se

llega a que los españoles se den cuenta de cuáles

son sus obligaciones como tales españoles,

prescindiendo de discrepancias y de posiciones

políticas, y cumplen con su deber como

tales españoles, todos los sacrificios que se

han hecho, todas las pérdidas en vidas y las

pérdidas materiales no habrán sido inútiles

ni estériles, y España resurgirá y estará como

no ha estado nunca; eso es lo que yo anhelo, y

con nuestros esfuerzos hemos de lograrlo todos.

He dicho.




Enviado por Enrique Ibañes