Discurso en el Gran Price de Barcelona

1936-09-06 - Julián Gorkin


Trabajadores de Cataluña, trabajadores de toda España: Nos recordaba el camarada Solano, con la emoción juvenil de la representación que tiene aquí, que quien hoy preside todavía los destinos de la República española se veía obligado a reconocer hace unos días que la monarquía no había caído en 1931, sino que acababa de hundirse ahora, gracias al impulso de la clase trabajadora española. Camaradas: es ésta la condenación más absoluta de la propia política del señor Azaña; es éste el más positivo reconocimiento del fracaso político de los republicanos, el tener que decir ante el mundo entero, postrado en admiración ante la gesta revolucionaria del proletariado español, que los republicanos, a quienes se confió la gobernación del Estado en 1931, no han sido capaces de hundir el régimen monárquico y de ir hacia la instauración de una República progresiva, y que únicamente la clase trabajadora revolucionaria, con las armas en la mano, ha sido capaz de hundir aquella monarquía. (Aplausos)

Los acontecimientos, los acontecimientos que juzgan a los hombres y a los partidos, nos han dado absolutamente la razón. Nosotros decíamos ya al comienzo de la proclamación de la República que no se trataba simplemente de cambiar el decorado político de España, de cambiar el color de la bandera, que se necesitaba absolutamente ir con mano de hierro a la transformación económica y social del régimen, es decir, al hundimiento total del régimen social heredado de la monarquía española, y a la construcción de un régimen nuevo que diera satisfacción a las legítimas aspiraciones de todo el proletariado español que con su sangre, con su heroísmo, con su sacrificio, con su abnegación había traído la República en abril de 1931.

Camaradas y amigos: Nosotros decíamos ya entonces que había que ir en España a la revolución democrática; que había que solucionar, mediante la revolución agraria, el problema de la tierra en el país; que había que destruir el régimen semi-feudal de la tierra; que había que destruir el caciquismo rural; que había que ir, también, a la solución del problema religioso en España, atacando a la Iglesia en el corazón, atacando a la Iglesia en la bolsa, es decir, expropiando y disolviendo las órdenes religiosas y empleando sus inmensas riquezas al servicio de los progresos de la clase trabajadora española. Decíamos entonces que teníamos que ir a la solución del problema militar en España y que para ello era indispensable la destrucción del ejército y de los cuadros heredados del régimen monárquico. Es decir, que había que ir a una transformación absoluta del ejército español, ese ejército en manos de los cuadros reaccionarios heredados de la monarquía tenía que ser un enemigo de la República, que aprovecharía cualquier ocasión para levantarse en armas contra ella y tratar de asesinarla, como así ha sucedido. (Aplausos)

Pues bien; sabíamos nosotros, al decir aquello, que no sería la burguesía liberal, que no sería la pequeña burguesía republicana la que realizaría en España esa profunda revolución democrática y su transformación, sin solución de continuidad, en revolución socialista. Sabíamos perfectamente, por la lógica de las cosas, por una amarga experiencia histórica que la burguesía española llegaba demasiado tarde para cumplir su misión de clase, para realizar en España su propia revolución burguesa. Había fracasado lamentablemente y sería absolutamente incapaz de realizar esta revolución que únicamente la clase trabajadora, que únicamente los obreros y campesinos serían capaces de llevar a buen término.

No nos hemos equivocado, camaradas y amigos. La República del 1873 en manos de esos republicanos condujo a la restauración monárquica. El primer bienio de la República, con sus blanduras y con sus errores, condujo al bienio negro, y estos cinco meses y pico de situación republicana, desde el 16 de febrero, han conducido, por los mismos errores y blanduras, agravados desde el Estado, a la sublevación militar fascista en España. No os quepa duda de que si los republicanos que gobernaban en Madrid hubiesen destruido a los Queipo de Llano, a los Mola, a los Sanjurjo, a los Goded, a los Franco, en estos momentos no estarían asesinando a los trabajadores españoles. (Grandiosa ovación)

Camaradas y amigos: Son estos momentos de tan alta gravedad para todos nosotros, momentos en los cuales nos jugamos el porvenir del proletariado español y del proletariado internacional a una sola carta; son estos momentos de tal modo graves, que es preciso que hablemos con toda claridad, que no sembremos el menor confusionismo, que pronunciemos las palabras justas y las palabras claras. Hace unos días, Indalecio Prieto, que gobierna hoy en España, de acuerdo con Largo Caballero, que inspira el periódico ‘Claridad’, decía que había que decir la verdad, que había que pronunciar palabras de verdad, que había que hablar con toda claridad. Pues bien, camaradas; antes de que ellos lo dijeran, nosotros lo aplicábamos ya. Quienes hemos dicho la verdad siempre, quienes hemos hablado siempre con claridad, muchas veces tropezando con un sinnúmero de hostilidades, no necesitamos esa recomendación, y no tenemos sino que continuar hoy como ayer hablando con claridad y diciendo la verdad. (Aplausos)

En nombre de esa verdad, tenemos que reconocer aquí que la pequeña burguesía republicana nos llevó en octubre de 1934 al fracaso y a la derrota en Cataluña, donde existía un pueblo obrero y campesino capaz, si se le hubieran dado armas, que hubo que arrojar después por toneladas al mar, capaz de hacer triunfar la revolución. (Aplausos)

Fracaso entonces, fracaso de consecuencias extraordinariamente graves, porque el fracaso de Cataluña determinó el fracaso del movimiento revolucionario en el resto de España, dejando abandonados en Asturias a aquellos heroicos mineros que habían surgido de las entrañas de la tierra para elevarse al sol en una lucha heroica y admirable ante el mundo entero. Y en estas circunstancias tenemos que afirmar aquí que si el control hubiera estado exclusivamente en manos de la pequeña burguesía republicana, el día 19 de julio se hubiera fracasado de la misma manera que se fracasó el 7 de octubre de 1934. (Aplausos)

El día 18 de julio tuvimos los primeros barruntos de la sublevación de Franco y de que los militares en Cataluña y en el resto de España pensaban lanzarse a la calle con el fin de instaurar una dictadura militar fascista. Camaradas: Aquella misma noche, hacia las diez, representando al Comité Ejecutivo del POUM y en compañía de otros camaradas, visitamos dos centros oficiales de Barcelona para saber qué se pensaba hacer y a pedir armas para que nuestros camaradas, concentrados en el local central de nuestro partido, pudieran lanzarse a la calle en lucha viril a disputarles Barcelona y Cataluña a los militares fascistas. Camaradas: En un centro oficial de alta responsabilidad, una personalidad que no la tenía menor me dijo estas palabras: “Ustedes permanecen tranquilitos en su local social. La guardia civil y la guardia de asalto se lanzarán a la calle al grito de viva la República y únicamente en el caso de que fueran derrotadas haremos un llamamiento a ustedes para que se echen a la calle”.

Camaradas: Yo recuerdo mi contestación: “Lo que tenemos que hacer nosotros lo determinaremos nosotros mismos. Lo que necesitamos saber hoy es si podremos disponer de armas para lanzar a nuestros militantes y a nuestros camaradas a la calle en el momento que sea necesario para derrotar al militarismo fascista”. Respuesta: “No puedo entregarles armas. Cada guardia civil que caiga muerto dejará un fusil: apodérense de él”. (Risas)

Camaradas y amigos: Afortunadamente ni nuestro partido, ni la Confederación Nacional del Trabajo, ni ninguna otra organización proletaria con responsabilidad de clase, siguió aquellos absurdos consejos que la pequeña burguesía timorata nos daba en la noche que podía ser decisiva para la revolución en España y en Cataluña.

Aquella misma noche sacamos de donde las teníamos guardadas las armas que nos habíamos podido proporcionar poco a poco; armamos en nuestro local central a nuestros militantes y a la mañana siguiente, al amanecer, tuvimos noticias de que los militares se habían lanzado a la calle, y poco después de que se encontraban ya en la plaza de la Universidad y en la plaza de Cataluña. El objetivo de los militares se veía bien claro: se trataba sencillamente de unificar los primeros cuarteles sublevados, con Atarazanas y capitanía general; se trataba de ocupar en una operación envolvente el palacio de la Generalidad, la Dirección General de Seguridad, las estaciones y la Consejería de Gobernación, proclamando así una dictadura y ahogando en sangre toda resistencia del proletariado de Barcelona y del proletariado de Cataluña e imitando, pero con mucha más sangre, extraordinariamente agravada, aquella misma victoria que se le dio al general Batet, que ahora lucha contra nosotros en Burgos, el 7 de octubre de 1934. (Aplausos)

Camaradas: La batalla de Barcelona, la batalla de Cataluña fueron batallas decisivas en la lucha empeñada entre la revolución y la contrarrevolución. No os quepa duda alguna que si el militarismo hubiera conquistado Barcelona y Cataluña, la batalla de toda España estaba completamente perdida para toda la clase trabajadora española. Zaragoza en manos del fascismo, Andalucía, Galicia, Castilla, ambas Castillas en manos del fascismo, Marruecos y las Baleares y las Canarias en manos del fascismo, Valencia hubiera caído también en manos del fascismo si la victoria de Barcelona con las armas trabajadoras no hubiera llenado de pánico a los militares de Valencia, obligándoles a permanecer recluidos en los cuarteles sin atreverse a lanzarse a la calle. Y entonces Madrid, a pesar de la heroica resistencia de los trabajadores madrileños, se hubiera encontrado cercado por todas las fuerzas reaccionarias y Madrid se hubiera visto obligado a capitular, entregándole al militarismo fascista los resortes del poder de la capitalidad de la República. Por eso nosotros, al examinar la realidad y la experiencia de los acontecimientos que hemos estado viviendo, tenemos que decir, camaradas y amigos, que aquellos que durante las jornadas del 19-20 y ulteriores supieron regar las calles de Barcelona y de Cataluña con su sangre –Ascaso, nuestro camarada Germinal Vidal, nuestro gran militante Batista y todos los que junto a ellos cayeron– merecen un homenaje eterno de admiración, no solamente del proletariado de Cataluña y de toda España, sino del proletariado internacional; a ellos les debemos la victoria y por eso sus nombres serán inmortales en la imaginación del pueblo trabajador. (Grandes aplausos)

Camaradas y amigos: No necesitamos pronunciar aquí palabras de aliento para la clase trabajadora española que lucha en la ciudad y en campo y mucho menos todavía para nuestros valientes milicianos que, en las pardas tierras aragonesas, y en la sierra castellana, y en la cuenca minera asturiana, y en Andalucía y en todas partes, se está batiendo heroicamente, para decidir con las armas de la razón la razón absoluta de nuestras armas. No necesitamos pronunciar palabras de aliento porque el aliento vasto y profundo en esta hora inmensa para el proletariado mundial nos llega de ellos mismos. Sois vosotros quienes nos alentáis a cada instante a seguir hacia adelante; son nuestros camaradas del frente quienes con su conducta heroica nos alientan constantemente a seguir hacia adelante, hasta las últimas consecuencias de la revolución proletaria, de la revolución socialista en España. De todas formas, dos palabras sobre la situación y sobre las perspectivas que nos ofrecen los diferentes frentes.

Camaradas: Lo decía hace un instante el compañero Oltra Picó, que acaba de llegar del frente de Huesca: el enemigo se bate a la defensiva, el enemigo no puede pasar de la defensiva a la ofensiva contra las tropas de la clase trabajadora, y en una guerra, imperialista o civil, quien se bate a la defensiva podrá resistir más o menos tiempo, pero está completamente perdido y puede dar su causa por malograda y por muerta. No cuentan los militares fascistas con poblaciones de valor industrial para renovar su material de guerra; no pueden establecer entre sí, divididos como están, sitiados como están en diversas poblaciones y regiones, un mando único para la distribución racional de las energías combativas y de los medios guerreros, alimenticios u otros de resistencia. Al mismo tiempo cuentan con un factor negativo, y es que tanto la población obrera como los soldados permanecen sometidos hoy en Zaragoza y en Oviedo y en Sevilla y en Córdoba y en Granada, a una disciplina militar férrea y a un terror de todas las horas, pero tanto los obreros como los soldados de Zaragoza y de Oviedo y de Badajoz y de Sevilla, esperan la primera oportunidad para volver sus armas contra esos militares y aplastarlos en colaboración con los milicianos de la revolución española. (Ovación)

Por el contrario, nosotros contamos con los centros principales, con las capitalidades decisivas en España, como son Barcelona y Madrid principalmente; contamos con los centros industriales, y eso nos ha permitido en Cataluña crear una industria de guerra capaz de suministrar materiales a nuestros combatientes, para que con esos materiales y su heroísmo nos conquisten la victoria, de la cual no tiene nadie derecho a dudar en estos momentos. (Aplausos)

De otra parte, desde el punto de vista de los factores psicológicos, nuestros milicianos, inexpertos al comienzo en el manejo de las armas y en las operaciones combativas, nuestros milicianos se han templado, ya han adquirido experiencia, han templado su valor; se han retirado los que no servían y han pasado a llenar otra función al servicio de la revolución. Los que quedan en el frente son los verdaderos soldados, son los verdaderos héroes de la revolución, decididos, sin ningún género de duda, a activar la victoria para la clase obrera española e internacional.

No podemos perder –desde aquí lo decimos con palabra emocionada y objetiva– no podemos perder, no perderemos. Dijimos ayer, seguros del espíritu de combatividad del proletariado español, que el fascismo no pasaría, y hoy decimos que ni pasó, ni pasa ni pasará mañana en España. (Grandiosa ovación)

Ya sabemos, porque hay pruebas de ello, que Mussolini e Hitler apoyan materialmente y escandalosamente a los fascistas españoles. Les mandan aviones, les mandan ametralladoras, les apoyan porque saben perfectamente que el aplastamiento del fascismo en España supone para mañana el aplastamiento del fascismo del mundo entero y la marcha ascendente de la revolución proletaria internacional. Pero a este respecto nosotros tenemos que decir: Hitler y Mussolini apoyan abiertamente y descaradamente al fascismo español, pero frente a ese apoyo de dos jefes de estado fascistas, ¿cuál es la actitud del gobierno francés presidido por el socialista León Blum, y cuál es la actitud de la Rusia soviética dirigida por Stalin? Camaradas: Uno y otro se han proclamado neutrales, han dicho que querían permanecer neutrales; y nosotros decimos desde aquí, con toda firmeza, con toda responsabilidad, que en el mismo momento en que a través de nuestra guerra civil se juega el porvenir del proletariado francés, del proletariado europeo y de la propia Rusia soviética, permanecer neutrales frente a la no neutralidad de Mussolini e Hitler es un crimen contra la clase obrera y contra… (Una gran ovación impide oír el final del párrafo)

Camaradas: En tiempos de Lenin, en los tiempos en que la Internacional Comunista era comunista y no republicana, Rusia no permanecía neutral ante el movimiento revolucionario de Italia ni ante la revolución alemana, ni más tarde ante otros movimientos revolucionarios internacionales. Entonces todos los medios económicos y políticos y materiales estaban a la disposición de la revolución internacional, porque precisamente Lenin y Trotsky sabían, y así lo habían dicho repetidas veces, que la revolución rusa no podría salvarse si no se realizaba la revolución internacional.

Por eso nosotros decimos ahora: Se ha formado en España un Gobierno con mayoría socialista, que pertenece a la Segunda Internacional, a la cual pertenece también León Blum, y con comunistas, sometidos a la disciplina de la Tercera Internacional, que dirige el Partido Comunista Ruso, o, mejor dicho, Stalin. Y nosotros les planteamos este problema: ¿Por qué ustedes, que comprenden desde las responsabilidades del poder la magnitud de la lucha empeñada en España, no tratan de obligar a Blum de una parte, y al Gobierno Soviético de otra, a someterse a la disciplina de las Internacionales y a las exigencias del proletariado español y del proletariado internacional? Muchas veces, en muchas películas de actualidades, hemos visto la formidable flota aérea que ha llegado a crear la Rusia Soviética, y nosotros decimos que en el momento en que Mussolini e Hitler mandan sus aviones para favorecer a Franco y a Queipo de Llano, el Gobierno soviético no tiene derecho a negarnos sus aviones para derrotar a Franco y a Queipo de Llano. (Ovación)

Camaradas: En lugar de hacer un llamamiento en ese sentido a la disciplina y al apoyo de las dos Internacionales, la declaración ministerial del nuevo Gobierno español, que comentará oficialmente después el camarada Nin, se limita a decir que el Gobierno español manifiesta su respeto a todos los países y que quiere mantener buena amistad con todos ellos. Nosotros contestamos que para la Italia fascista y para la Alemania fascista no tenemos ningún respeto, y no lo tenemos porque anunciamos desde aquí el propósito firme, después de haber aplastado al fascismo en España, de ir a aplastar al fascismo en aquellos países. (Ovación)

Afortunadamente, de la misma manera que existe el proletariado español y que el proletariado español ha salvado la situación en España, existe también un proletariado internacional que, por encima de los hombres hoy responsables de las diversas Internacionales, saben cumplir en estos momentos con su deber de solidaridad para con el proletariado español.

Camaradas: El proletariado de Francia, los antifascistas de Italia y de Alemania, el proletariado de Inglaterra, no permanecen neutrales en esta guerra civil a muerte que hemos entablado en España. En Francia y en Inglaterra se recoge dinero para mantener la lucha entablada. Se nos mandan productos farmacéuticos para curar a nuestros heridos y diariamente, cuando hay una manifestación en París o en otro centro de Francia, cada vez que se les habla a los proletarios de solidaridad con respecto a España, contestan: “Aviones y municiones para España, aviones y municiones para España…” (Aplausos)

Y diariamente nos llegan aquí camaradas de los diversos países que vienen a pedir un fusil y a ofrecernos su vida. En el frente de batalla de Aragón se encuentran, en estos momentos, combatiendo codo con codo con nuestros milicianos, trabajadores de los diversos países. Esta madrugada, hacia las tres y media, nos ha traído de la línea de fuego de Huesca el cadáver de un camarada francés que, con las armas en la mano, ha sabido caer defendiendo la revolución española. Yo os pido un saludo de homenaje a todos los camaradas caídos en la lucha contra el fascismo, tanto españolas como de los demás países. (Espontáneamente, todo el auditorio se pone en pie y saluda con el puño en alto, guardando un minuto de silencio)

Hace unos días, Indalecio Prieto, que hoy forma parte del Gobierno español, decía por radio que la lucha que estamos manteniendo era una lucha fratricida, es decir, una lucha entre hermanos. Nosotros tenemos que decirle esto: No pueden ser hermanos nuestros quienes desde Tetuán mandan a los moros con el fin de asesinar a trabajadores españoles. No lo pueden ser aquellos que en Badajoz hace unos días hicieron fusilar a mil doscientos prisioneros en una hora. No lo pueden ser aquellos que en Zaragoza hacen pagar con la pena de muerte el solo delito de recoger un papel del suelo, lanzado por nuestros aviones, o de conectar con una de las radios de las ciudades que permanecen en nuestro poder.

Camaradas y amigos: El general Franco declaraba días pasados a un corresponsal de prensa extranjera que él estaba dispuesto a fusilar a la mitad de los españoles. Tenemos que decirle a Franco esto: Si usted es tan guapo y tan valiente, avance hacia Cataluña y veremos quién fusila a quién. (Ovación)

Y a Indalecio Prieto y a quienes comparten el criterio de Indalecio Prieto tenemos que decirles lo siguiente: no se trata de una lucha fratricida, sino de una lucha sin cuartel. No tiene usted derecho a pedirnos piedad ni generosidad para quienes son nuestros enemigos a muerte, y a muerte estamos dispuestos a continuar la lucha hasta la victoria total de la revolución socialista en España. (Grandes aplausos)

Consignas de nuestro partido: ¡Ni un paso atrás! ¡Nada de pactos ni de compromisos con el enemigo! ¡Hasta el fin! ¡Hasta vencer o morir! Camaradas: ¡Viva la revolución española e internacional! (Calurosa y prolongada ovación)




Enviado por Enrique Ibañes