Viva la revolución social

1934-03-04 - Onésimo Redondo


Por primera vez en la historia turbia y ya larga de los movimientos políticos y populares que buscan la conquista del Poder, se presenta ante vosotros una fuerza que está inspirada, dirigida y casi exclusivamente integrada por jóvenes; y tan jóvenes, tan de verdad jóvenes, que si no fuera por el mérito que su apellido ilustre y sus dotes públicos prestan al que nos dirige, y si no fuera por la personalidad nimbada de heroísmo de otra de las primeras figuras de nuestro movimiento, que está aquí presente, nos trataríais a todos con el remoquete peligroso aunque no del todo injusto de chiquillos. Y, efectivamente, en Valladolid, donde este movimiento ha tenido un contacto más vivo, más frecuente, más cercano con el pueblo desde hace tres años, somos mirados por la generalidad de los señores, con la benevolencia que se otorga a los movimientos simpáticos de chicos atrevidos. Pues bien, si este acto tiene algo de extraordinario y si buscamos que tenga algo de trascendental, consiste ello principalmente en que estos chicos, en que estos jóvenes vienen a pedir a la faz de España entera el primer puesto entre los hombres. (Gran ovación).



La situación de España, oyentes españoles, no nos hagamos ilusiones porque aquí hay mucho entusiasmo y nos sintamos muy unidos, la situación de España es convulsiva, es situación de guerra.



Se siente el ánimo español, se siente el pueblo español solicitado de cerca por diversos precipicios que componen un solo abismo. Por ejemplo: la dictadura del proletariado. Una llamada dictadura del proletariado, una silueta de sangre, de odios y de hambre que pasa todos los días delante de nuestra vista, preconizada y anunciada por ese consejero de Estado en cesantía, Largo Caballero." (Aplausos).



Y por el ilustre millonario Prieto. (Mueras a Prieto), que se ha lanzado ahora a la furia soviética por el miedo justificado a que una España libre entregue a los tribunales de justicia sus enormes desafueros administrativos (Una gran ovación le impide terminar la frase), y sus sospechosas e incorregibles apetencias y aficiones político-financieras. Esa es la razón de su revolucionarismo.



Esta llamada dictadura del proletariado, que no sería del proletariado sino de los asesinos de Casas Viejas, esta dictadura no vendrá, no tengáis miedo a ella. No vendrá, no porque nos prevengamos lo suficiente, sino porque sus mandarines no tienen sinceridad revolucionaria, ni alientos para tantas cosas como dicen que van a hacer y en cambio tienen suficiente miedo para pasar la frontera en un coche-cama mientras los obreros muerden la rabia de su desengaño delante de los fusiles de la policía que ellos mismos han creado para lanzarla contra aquellos a quienes incitan a la lucha. (Aplausos).



No. Eso de la dictadura rusa, de la dictadura soviética, de Largo y Prieto, nada. Pero oigamos ahora con alguna mayor gravedad.



España está expuesta de una manera próxima a una catástrofe anarco-separatista. Está expuesta a caer en ella como consecuencia de una revuelta en la que intervengan masones rojos, separatistas y agitadores de toda laya unidos para una sola y triste idea: la de destrozar España.



Este peligro es cierto. Este mal es inminente. Esta amenaza sí que es grave, pues en esa situación anarco-separatista se nos va España de las manos. Y yo veo, no en este teatro, sino en los pueblos, veo a los campesinos, al labrador, agobiado por la dura lucha de su vida y probablemente con razón, sí que es triste; con razón, porque no tiene tiempo para pensar, y entender, ni siquiera sentir, desconoce el peligro de España; ni siquiera le percibe. Id por esos campos y veréis cómo nadie piensa en lo que nos amenaza, porque esos campesinos tienen bastante con mirar por ellos mismos y por sus hijos. Veo al pequeño industrial y al pequeño comerciante agobiado por las cargas y contribuciones, también sometido a la dura ley de una vida agobiante y que le obliga a estar "retirado de toda política", según dicen ellos, según dicen todos, como si esto fuera un mérito.



Y veo a los obreros; a los obreros sumidos en el odio, en la desesperación, algunas veces justa, pero casi siempre con una gran inconsciencia y que se figuran que ante este peligro de que estoy hablando no tienen nada que perder.



Todos, absolutamente todos tenemos mucho que perder con la dictadura rusa, porque con la Patria perdemos nuestro único patrimonio, perdemos las fuentes de trabajo y la posibilidad de una vida digna.



¿Qué nos toca hacer frente a ese peligro que nos amenaza?.



Yo, que aunque enrolado en la política por culpa de la revolución, no soy ni quiero ser "un profesional de la política", me siento desanimado, perplejo y hasta escéptico -os lo confío-. Hablando claramente y sin galas retóricas, yo no sé si esto tiene remedio ¿Qué hacer entonces? No tengo fe ninguna en los partidos políticos, no confío en las fórmulas de salud expendidas por los retóricos o por los charlatanes. Y sé que el pueblo español está también dominado por esta desconfianza con excepción de aquellas zonas dominadas por el fanatismo, por la ignorancia y por la oscuridad infeliz de su cerebro.



No tengo fe en partido político ninguno: Ni en partido de derechas ni de izquierdas. Y conste que con esto no les igualo, son fatalmente e inexorablemente un conjunto de contradicciones y un abismo de distancia entre las palabras y los hechos, ante los problemas y ante la realidad. Esta es la verdad; esta es la experiencia triste del pueblo español hecha con su sangre.



Son los partidos políticos también aluviones, formados por el huracán o por las aguas, de arenas movedizas que se llaman la opinión pública que fluctúa inconscientemente detrás de la varilla mágica de los periódicos y de los periodistas anónimos y venales que son los que forman la opinión. Aluviones de gente que vacila entre los entusiasmos rápidos y las decepciones inmediatas, entre los calores repentinos y el frío de la inconsciencia suicida. No hay formalidad, no hay decencia, no hay verdadera realización, ni verdaderos hechos detrás de un partido político.



Nosotros no podemos ser eso.



¿Queréis una demostración? Pues aquí tenéis un hecho concreto, reciente, de estos días, acerca de la calidad y del número de los partidos políticos, y con este ejemplo veremos si tienen siquiera inteligencia elemental los hombres para aprender de la realidad.



El ejemplo es el siguiente: Se produjo una crisis y se formó un Gobierno Lerroux, hace de esto dos meses, tres meses, no recuerdo cuánto. Se leyó una declaración ministerial en el Congreso, que era una maravilla, así sencillamente, una maravilla. Allí se proyectaba todo, se iba a hacer todo en seguida.



Como había posibilidad de hacer leyes, había de todo; se iba a solucionar el paro obrero, se iba a pacificar los espíritus, se iba a opinar libremente, iba la amnistía, etc.



A continuación han pasado semanas, meses y ¿ qué hizo? No se ha hecho nada. Esto no es seriedad; pero además es que esto es horrible, porque no hay derecho a que lleguen unos grandes hombres que han cosechado los aplausos de las multitudes, que han llenado las plazas de toros, que han asumido todas las responsabilidades, que han despertado por los pueblos todo el entusiasmo en derredor suyo y cuando llega el momento culminante y llegan al banco azul, o sea desde donde España se rige en virtud de su destino desgraciado o feliz, y dicen: Esto vamos a hacer, y a los dos meses resulta que ni lo han hecho, ni pueden, ni saben hacerlo; y esto sucede todos los días y no hacemos nada, y lo aguantamos, y está sucediendo todos los días; no cabe más que esta explicación del proceder de esos partidos y de esos gobiernos: Una de dos, o lo hacen de mala fe, con malicia, con perversión, o tienen una incapacidad que raya con la imbecilidad, y entonces decidme si ahora merecen los partidos políticos. (Una gran ovación le impide continuar).



Pero esto no ocurre por una imperiosa, imprescindible y espontánea imposición de las circunstancias, como dicen ellos en las declaraciones a los periodistas, en el altavoz de las notas oficiosas, con el altavoz de los periodistas venales y serviles que van detrás de los políticos, no es porque las circunstancias lo impidan; es que lo que hay en la vida de los partidos políticos, es abyecto, pero es lo latente, lo verdadero, lo real, y es una conjura contra el ser de España. Todo eso es intencionado para destruirnos, para detenernos en nuestra vida y en nuestro progreso. Con este ejemplo concreto de la crisis actual, ¿es que no se ha visto germinar, es que no se ha visto a los vendedores de la traición, de la conjura, de la informalidad, en conspiración secreta y clandestina, extraña a los intereses de España, que ha invalidado la declaración ministerial, que ha invalidado las elecciones y que ha invalidado las buenas intenciones de los mejores? ¿No se percibe esto?



Pues entonces, ¿qué hay sino conjura, qué hay sino propósito intencionado de destruirnos, de detenernos y desengañarnos para conducirnos a la desesperación y a la ruina?.



Esa es la historia y esa es la culpa de los partidos políticos, (Muy bien), Entonces, señores, ¿ qué vamos a hacer? ¿Copiar la fórmula fascista?.



El fascismo es un hecho extranjero; no entraré ahora en su análisis y en el de sus doctrinas, pero aunque le admiremos, no podemos intentar introducir ese hecho en España, como una fórmula, igual que se han introducido el liberalismo, el marxismo, el enciclopedismo y otras idas, porque hasta ahora, fatalmente, bien por rutina, o por temperamento, para desgracia nuestra, nuestro pueblo ha estado sometido al triste hábito del mimetismo, si ahora copiamos también del extranjero cometeremos el delito de secar con pereza, rutina y cobardía las fuentes de inspiración del genio hispano y renegaríamos de hecho de nuestros sabios, de nuestros héroes, de nuestros capitanes y caudillos cuya elevada memoria nos pide una fidelidad tajante, firme, y aun a vista, a todo lo verdaderamente nacional, a todo lo hispano.



Y además, vallisoletanos, castellanos que me oís aquí, en Valladolid, en estas tierras tan fecundas, fecundas en todo, aquí, donde acaso me escuchan salmantinos que todos los días ven las piedras que oyeron a Vitoria y a su discípulo Carlos V y a Fray Luis de León, aquí que me escuchan acaso santanderinos que tienen la inapreciable fortuna de ser paisanos del único genio clásico de la Edad contemporánea, Menéndez Pelayo, el restaurador... (Una gran ovación impide oír el final de la frase). Aquí donde me escuchan burgaleses que son los paisanos netos y verdaderos del Cid, aquí donde me escuchan vallisoletanos en cuya ciudad fue el matrimonio de los Reyes Católicos, en cuya ciudad nació Felipe II, cuya ciudad está en las proximidades de Cabezón donde nuestros mayores, nuestros antecesores, resistieron a los franceses en la guerra de la Independencia, aquí no se pueden imitar conceptos ni emplear palabras más que las neta y concretamente españolas. (Ovación indescriptible).



Y entonces, señores, nosotros, ¿ qué vamos a hacer?.



Pues asegurarnos desde el primer momento por todas las vías, por todos los caminos y por todas las condiciones, que no seremos, de ninguna manera, un partido político henchido de promesas y falso en la realidad.



Para eso, ¿ sabéis lo que es necesario?. Esto es si cabe más importante y lleva en sí mayor responsabilidad.



Lo que es necesario, es hacer grandes cosas antes de llegar al Poder, que no vuelva a haber, para vosotros que me oís, que no vuelva a haber, un partido, ni izquierdista, ni fascista, ni de derechas, que no haga más que prometer.



Aquí ha dicho un compañero, rompiendo la mesa al decirlo, que juraba que lo que aquí se promete se hará. Pues esto a mí no me basta. No me basta esa actitud; tenemos que pasarla, antes de llegar al Poder, y es precisamente, porque hay que mostrar que podemos hacerlo y decirlo antes de llegar al Poder pues precisamente estas cosas anteriores son las que forman la substancialidad de nuestro movimiento, son las que le dan vida propia y las que ponen en pie al movimiento nuestro que sin esto no sería nada por muchos méritos de que le queramos adornar, y llegaríamos a tener una dictadura soviética y a aguantarla.



Lo que hay que hacer es lo siguiente: Hay que transformar antes de llegar al Poder, a la juventud; hay que formar con la juventud, una milicia dispuesta a servir a España; hay que hacer la revolución esa a que se refería Ruiz de Alda en su discurso, y para ello hay que transformar a los españoles hasta entrar en su raíz, y llegar al poder en el tiempo y hora precisos; pero hay que hacerlo realizando en el espíritu español, en el alma de los nuestros, una transformación grande, honda y apartarlos de esa situación del espíritu español actual, perdido, escéptico, derrotado, desengañado entre el cual nos movemos ahora.



Hay que transformarle, hay que poner en pie ese espíritu con que pugna nuestra propia juventud. Hay que enrolarla detrás de unas filas, de una disciplina, que la obligue a poner su vida, pero de verdad, al servicio de España; y cuando hayamos conseguido eso, cuando hayamos conseguido ese gran triunfo de transformar a la juventud y formarla detrás de una disciplina y de un ideal de lucha por su pueblo, y de un ideal nacional, digamos al pueblo, que hemos capacitado y formado una juventud en la capacidad y en la necesidad de sentir ese ideal. (Muy bien. Grandes aplausos).



Mirad que esto que nosotros estamos pretendiendo, no lo olvidéis, no es más que lanzar una voz de reconquista de aquella España tan grande, tan gloriosa, tan emotiva, que figura en nuestros fastos y en nuestros antecedentes raciales.



Mirad que esto es un grito de independencia para recobrar la Patria también perdida, porque hoy no tenemos España.



No tenemos a España; todos aquellos que se sienten libres, dignos de una Nación como corresponde a su historia, a la capacidad de su cultura; no tienen España, y ante ese espectáculo, decimos que hemos de oponernos a esta marcha, y para ello sacrificaremos si es preciso nuestras vidas, pues antes de que siga ese camino quedará reducido todo a un montón de escombros.



Estamos en la posibilidad inmediata del destrozamiento territorial y de la invasión de las clases; es decir de una dictadura asiática o de una dictadura bárbara que caerá reduciendo todo a escombros.



No tenemos Patria, no tenemos a España; vamos a reconquistarla, vamos a hacer fructífera la sangre de los mártires de la independencia que lucharon por una España tradicional, por una España egregia, como ellos la habían encontrado y conservado, pero que a pesar del esfuerzo de esas generaciones, se le fue a ese maldito siglo XIX de entre las manos. Vamos a luchar por esa España porque lucharon nuestros padres y nuestros abuelos con tal entusiasmo en la guerra de la Independencia. Por eso, no es cuestión de partidos políticos, es cuestión de milicias y de disciplina, es cuestión de poner en pie a las juventudes mirando no a la utilidad ni a la conveniencia, sino mirando al servicio de España. (Muy bien).



Y si esta es nuestra voz, y si este es nuestro norte, vamos a tratar ahora de una cosa que vuela por la calle y llega a menudo a nuestros oídos, y es ésta del miedo, de la cobardía, esto de las coacciones extrañas y de las amenazas, y a eso os digo: yo no quiero saber cuántos somos; yo no quiero saber las armas que hay; yo no quiero pensar sí los demás tienen más; yo no quiero hacer apelaciones a la violencia porque está prohibido por el Gobierno, ni me hace falta hacerlas, y yo cierro estas preguntas pensando en la excelencia de nuestra causa, en la pureza de nuestro derecho, en su título, en que vamos a reconquistar a España, y entonces, si vamos a recobrar la Patria, ¿no tenemos derecho a conquistarlo todo, aun absolutamente todo, a imponernos a todo hasta que lo conquistemos? (Voces: Sí, sí), Entonces, ¿qué miedo puede haber, qué dudas, qué conversaciones antes de lanzarnos?



Estamos lanzados, estamos lanzados como un enorme bloque cuesta abajo y hemos de llegar al fin por el propio peso de nuesstros ideales y de nuestro derecho y de la justicia de nuestra causa. Y precisamente en estas tierras castellanas serán las manos rugosas y encallecidas de nuestros campesinos las que sostengan con más fuerza las conquistas del nacional-sindicalismo. (Enorme ovación).



Nada ni nadie nos detendrá. He de hablar, puesto que estamos en Castilla y porque pertenece de una manera constante a nuestro ideal, de la unidad. La unidad, este es nuestro signo; esta es la palabra que se nos deshace en la boca de gusto. Esta es otra de las cosas, la primera en que debemos pensar dormidos y despiertos; restablecer la unidad de España: La unidad social abrazando a las clases por medio de la juventud incontaminada, sin odios, sin prejuicios; por medio de la juventud que no tiene todavía nada que reprochar y lanzar en una clase contra otra.



Vamos a restablecer la unidad territorial, la unidad política que está en peligro, y ya veremos cómo pues no entraré ahora a tratar esta idea y esta cuestión, sino sólo decir que como estamos en Castilla, debe quedar aquí flotando por encima de las mentes y de las cabezas esta palabra como resumen de nuestro ideal: Unidad, porque Castilla es la fuente de toda unidad, porque Castilla ha sabido, acaso no por designio propio, sino porque estaba previsto desde el comienzo de los tiempos señalado por las manos del Eterno, ha sabido hacer una España; ha sabido hacer una España y un mundo en diversas latitudes, razas y Continentes, y esta Castilla sabe que precisamente la unidad es lo que nos falta. Ahora se precisa la unidad, porque a la vista están la certeza y la razón de nuestra angustia, pues de esta falta de unidad se derivan todas las discordias, odios y divisiones entre los españoles. Esta Castilla es la que pretendemos que alumbre nuestro ideal, que no es otro que la idea de la unidad pacífica, de la unidad grandiosa, de la unidad constructiva entre todos los españoles, y para ello Castilla tiene mejor derecho, porque Castilla es una región víctima.



Dicen que Castilla es una región opresora, dominante, ¡qué cosa tan risible, y tan amarga! Pero no hay que negarlo, este es el lugar común de la política diaria.



Pero ¿somos nosotros opresores, cuando si apenas sacamos para malvivir?.



Pero ¿somos opresores de esas regiones, cuando lo que hemos hecho ha sido darlas medios para progresar, para engrandecerse y para poner a la cabeza, en muchos órdenes, del progreso de España?



Esta región es la que dicen que domina, y lo cierto es que esta región es la que es víctima. Por eso a esos hermanos de las regiones en que alienta el separatismo, les hablaremos con la severidad del pobre, del desarrapado, del que menos tiene, hablando con el hermano mayor, diciéndole, que seguramente por esa riqueza que ha heredado de sus padres se han atrevido a alzarse contra España. Les diremos que somos los más pobres, pero que somos la región que comprende y cumple la unidad, no opresiva, sino la unidad constructiva de toda la Patria. Les diríamos también, severamente, que no pretendan alzarse con ningún derecho de dominio exclusivo sobre la región que posean, porque aquellas riquezas que allí hay, porque aquellas ciudades del norte, de oriente o de levante, porque aquellas vías que en gran número cruzan sus suelos, porque aquellas fábricas, porque aquellas ciudades soberbias, comparadas con las más grandes de Europa, se deben a nuestro esfuerzo, y se deben en gran parte a la comprensión y a la mansedumbre de los castellanos, que les han permitido para su uso, unos aranceles protectores, lo mismo para la metalurgia, que para las demás industrias.



Por eso hay que sentirlo con cierta severidad, porque aunque hablemos mansamente y sin rencor de la idea de unidad armónica, tenemos también que pensar que es un derecho de reivindicación, que aquello es nuestro, que no digan que es suyo. Es de Castilla y del resto de España, de todos los que han contribuido con sus leyes, con su actividad, con el consumo de las mercancías de unas y otras regiones, a mantener los aranceles. Los que tenemos derecho a reivindicaciones somos nosotros. ¿No es cierto?



Otro grito que va aquí detrás de todas estas consideraciones está aquí lanzado y es el que el nuevo Estado, el que el movimiento que representamos en este día, ha de ser sumamente castellano, pero también sumamente agrario y labrador, (Pensando en serio, casi habría que borrar esa palabra de agrario porque ya la tengo asco). (Aplausos).



Ha de ser un movimiento campesino, porque ellos son los parias de España, son la única clase, el único sector, siempre víctima, en uno o en otro régimen, rija un Gobierno u otro. Ellos son los que trabajan, los que pagan, y a los cuales nunca se les da nada, y como nuestro movimiento es de indignación, de reconquista, para alzar a los oprimidos, los labradores han de ser los que lleven la bandera y el ardor a la pelea. (Aplausos),



Voy a terminar, pero antes quisiera hacer un llamamiento, que no sé si les dejarán oírlo, a esos obreros de la Casa del Pueblo, a todos esos millares de cotizantes de las organizaciones obreras, y les digo:



Oíd y enteraos, qué es eso de decirles, no leáis la prensa que no sea nuestra; qué es eso de decirles, no acudáis a los mítines que no sean de nuestra organización? ¿ qué derecho tienen a taparse los ojos y los oídos, y qué seguridad de la justicia de su causa, cuando así tratan a los obreros? Y qué concepto de la dignidad humana tienen los que así se atreven a oprimir lo más esencial y digno del espíritu humano, que es la libertad de entender, de ver y de observar lo que pasa a su alrededor?.



Si tan seguros están de su causa, que nos escuchen, que nos atiendan, que lean nuestros periódicos, y después que hagan lo que les parezca.



Ya veis que no me importa establecer una polémica con los que a ellos les predican; a mí no me importa. Tengo la absoluta seguridad de que si nos oyen, si nos escuchan, nos siguen porque nosotros no somos reaccionarios en nada, nosotros no somos defensores de la burguesía en el sentido que se da a esta palabra.



Que nos escuchen y verían que nosotros estamos ilusionados por el ansia y por la convicción de que es necesaria una justicia social nueva; una justicia social que no requiera para ser realizada que se gasten los sesos inteligencias cumbres en tejer programas y grandes teorías, una justicia social que consiste en devolver a España las posibilidades de producir



y de regirse pacíficamente, la posibilidad de vivir con orden, porque aquí vamos a decir una gran verdad que es contundente y que puede más que todas las teorías, y es: Si en España se vive bien y con orden, todos comen.



Este es el primer capítulo de nuestra justicia social, que se viva con orden y paz, pero no con una paz burguesa, pero no con orden burgués, como dicen en su terminología los marxistas, sino con un orden nuevo, que nosotros llamamos nacional-sindicalista, que iríamos estudiando, que estamos pergeñando, que iríamos confeccionando al compás del tiempo, de la experiencia y del estudio, pero que consistirá así, en líneas generales, en que todos los hombres útiles tengan derecho a trabajar, y todo el que trabaje tenga derecho a comer, con sus padres, con su familia, con el producto de su trabajo.



Esta es la base y el fundamento de nuestro programa social. Ahora no nos interesa descubrir las teorías de nuestro programa social, porque no es cosa de este momento, pero que sirva, que esté patente, este llamamiento que hacemos desde aquí a los obreros, para que sobre todos los obreros castellanos, los obreros de Valladolid conozcan que son víctimas de un gravísimo yerro, de un engaño, de una especulación y de una explotación que todos padecen en sus propios estómagos, y ello porque tienen solidaridad castellana, porque tienen solidaridad labradora, porque no ven que todas las clases y elementos de esta región que debían ir unidos por el mismo interés y por la misma idea, son víctimas de la conjura más grande y honda, de la conjura separatista, de la conjura marxista, de la conjura masónica, de la conjura de los altos políticos y de las altas finanzas que van a lo mismo y para recobrar nuestro suelo, nuestra libertad, nuestro pan, los obreros y patronos de todas clases deben unirse y marchar juntos por una España grande, por una España libre y por una España única.



(Gran ovación que dura algunos minutos).




Enviado por Enrique Ibañes