A los españoles refugiados en Italia

1936-09-14 - Pío XI


Vuestra presencia, queridísimos hijos, prófugos de vuestra y Nuestra querida y tan atribulada España, despierta en Nuestro corazón un tumulto de sentimientos tan contrastantes y opuestos, que es absolutamente imposible darles adecuada y simultánea expresión. Deberíamos a un mismo tiempo llorar por el íntimo y amarguísimo pesar que Nos aflige, deberíamos regocijarnos por la suave e impetuosa alegría que Nos consuela y exalta.

Estáis aquí, queridísimos hijos, para decirnos la grande tribulación de la que venís; tribulación de la que lleváis las señales y huellas visibles en vuestras personas y en vuestras cosas; señales y huellas de la gran batalla de sufrimientos que habéis sostenido, hechos vosotros mismos espectáculo a Nuestros ojos y a los del mundo entero; desposeídos y despojados de todo, cazados y buscados para daros la muerte en las ciudades y en los pueblos, en las habitaciones privadas y en las soledades de los montes, así como veía el Apóstol a los primeros mártires, admirándoles y gozándose de verles, hasta lanzar al mundo aquella intrépida y magnífica palabra que le proclama indigno de tenerlos “quibus dignus non erat mundus”.

Venís a decirnos vuestro gozo por haber sido dignos como los primeros ap6stbles, de sufrir pro nomine Iesu; vuestra felicidad, ya exaltada por el primer Papa, cubiertos de oprobios por el nombre de Jesús, y por ser cristianos; ¿qué diría él mismo, qué podemos decir Nos en vuestra alabanza, venerables Obispos y Sacerdotes, perseguidos e injuriados precisamente ut Ministri Christi et dispensatores mysteriorum Dei? Todo esto es un esplendor de virtudes cristianas y sacerdotales, de heroísmos y de martirios; verdaderos martirios en todo el sagrado y glorioso significado de la palabra, hasta el sacrificio de las vidas más inocentes, de venerables ancianos, de juventudes primaverales, martirios hasta la heroica generosidad de pedir un lugar en el carro entre las víctimas que el verdugo conduce a la muerte.

En esta luz sobrenatural Nos os vemos y os decimos la sagrada y respetuosa admiración de todos aquellos que, aún no teniendo nuestra. fe, queridísimos hijos, en la que está la secreta divina virtud que desde hace veinte siglos enciende y alimenta aquella luz, conservan sentimientos de dignidad humana y de grandeza. Admiraci6n de todos, queridísimos hijos, pero particularmente Nuestra, de Nos que, por la gracia de la paternidad universal, del Padre supremo de todos participada, podemos y debemos aplicarnos la hermosa palabra divina: filius sapiens laetificat patrem, que abrazando con la mirada y con el corazón a todos vosotros y a todos vuestros compañeros de tribulación y martirio, podemos y debemos deciros, como el Apóstol a vuestros primeros predecesores en la gloria del martirio: gozo mío y corona); no solamente mía, sino también del mismo Dios, que, según la hermosa y gloriosa visión del gran Profeta, con Su gracia ha hecho en su mano de cada uno de vosotros una corona de gloria y una diadema de reino: et eris corona gloriae in manu Domini et diadema regni in manu Dei tuil

Pero todos estos resplandores y reflejos de heroísmo y de gloria. que vosotros, queridísimos hijos, Nos presentáis y recordáis, por fatal necesidad. Nos hacen ver más claramente como en una grande apocalíptica visión, las devastaciones, los estragos, las profanaciones, las ruinas de las que vosotros, queridísimos hijos, habéis sido testigos y víctimas.

Cuanto hay de más humanamente humano y de más divinamente divino; personas sagradas, cosas e instituciones sagradas; tesoros inestimables e insustituíbles de fe y de piedad cristiana al mismo tiempo que de civilización y de arte: objetos preciosísimos, reliquias santísimas: dignidad, santidad, actividad benéfica de vidas enteramente consagradas a la piedad, a la ciencia y a la caridad; altísimos Jerarcas sagrados, Obispos y Sacerdotes, Vírgenes consagradas a Dios, seglares de toda clase y condición, venerables ancianos, jóvenes en la flor de la vida, y aun el mismo sagrado y solemne silencio de los sepulcros, todo ha sido asaltado, arruinado, destruido con los modos más villanos y bárbaros, con el desenfreno más libertino, jamás visto, de fuerzas salvajes y crueles que pueden creerse imposibles, no digamos a la dignidad humana, sino hasta a la misma naturaleza humana, aun la más miserable y la caída en lo más bajo.

Y sobre este tumulto y este choque de desenfrenadas violencias, a través de los incendios y matanzas, Una voz lleva al mundo una nueva verdaderamente horrenda: «los hermanos han matado a los hermanos»...

Diríase que una preparaci6n satánica ha vuelto a encender, y más viva, en la vecina España, aquella llama de odio y de más feroz persecución abiertamente confesada como reservada a la Iglesia y a la Religión Católica, como al único y verdadero obstáculo a la irrupción de aquellas fuerzas que ya han dado monstruosa medida de sí en el conato de subversión de todos los órdenes, de la Rusia a la China, del México a Sudamérica ...


Queremos limitarnos a las observaciones ya hechas y no retardar más la Bendición paterna, apostólica, que habéis venido a pedir al Padre común de vuestras almas, al Vicario de Cristo, Bendición que vosotros, queridísimos hijos, tanto deseáis y que también vuestro Padre desea otorgaros, Bendición que vosotros tan largamente merecéis. Y como vosotros queréis, así también Nos queremos y hemos dispuesto que Nuestra voz que bendice se extienda y llegue a todos vuestros hermanos de sufrimiento y de destierro, que desearían estar con vosotros y no pueden. Sabemos cuán grande es su dispersión; quizás ha entrado también esto en los planes de la divina Providencia para más de un provechoso fin. Esta Providencia os ha querido en tantos lugares, para que en tantas y tan lejanas partes, como las señales de las cosas tristísimas que han afligido vuestra y Nuestra querida España y vosotros mismos, llevéis el testimonio personal y viviente de la heroica adhesión a la Fe de vuestros mayores, que a centenares y millares (y vosotros sois del glorioso número) ha agregado confesores y mártires al ya tan glorioso martirologio de la Iglesia de España; heroica adhesión que (lo sabemos con indecible consolación) ha dado lugar a imponentes y pésimas reparaciones y a tan vasto y profundo despertar de piedad y de vida cristiana, especialmente en el buen pueblo español que nos hace ver el anuncio y el principio de cosas mejores, y de más serenos días para toda España.

A todo este bueno y fidelísimo pueblo, a toda esta querida y nobilísima España que ha sufrido tanto, se dirige y quiere llegar Nuestra Bendici6n, como va e irá, hasta el completo y seguro retorno de serena paz, Nuestra cuotidiana oración...


Enviado por Enrique Ibañes