Sobre la guerra con Estados Unidos

1898-09-12 - Práxedes Mateo Sagasta


Si en las circunstancias más normales se entristecería el ánimo al presenciar este espectáculo, figúrense los Sres. Senadores si no hay mayor motivo para entristecerse cuando este espectáculo se realiza ante el enemigo extranjero.

¡Cuando el Gobierno viene a ponerse en disposición de poder tratar con el enemigo las condiciones de la paz, nos presentamos completamente divididos y apasionados!

Con la mejor intención sin duda, pero con poca reflexión, en mi concepto, se han vertido aquí frases que no tenían oportunidad ninguna, absolutamente ninguna, que al fin y al cabo, el buscar las responsabilidades después de una desdicha tan grande como la que ha sufrido España, es harto peligroso para la virilidad del país. No es de pueblos viriles explicar sus catástrofes, por las debilidades o faltas que hayan podido cometer los hombres que más o menos directamente han dirigido los negocios públicos.

¡Responsabilidades!¡Culpas!¡Ah! Son tan evidentes las responsabilidades y las culpas de lo que ha pasado, que no hay necesidad de escudriñar responsabilidades y culpas personales: treinta y seis años entre guerras internacionales, guerras civiles, e insurrecciones coloniales, ha gastado España en lo que va de este siglo pronto ya a terminar. Es decir, señores, que hemos consumido más de la tercera parte de nuestra vida, en guerras con el extranjero y en luchas fratricidas, devorándonos los unos a los otros, con insurrecciones coloniales tremendas en las cuales hemos agotado todos nuestros recursos y hemos derramado la sangre de los hijos de la Nación. Y han sido tantos y grandes los infortunios, tantas y tan grandes las luchas de todo género, que todavía es admirable cómo existe el pueblo español como Nación.

Pues de ahí, Sres. Senadores, la ruina de nuestra hacienda; de ahí lo elevado de nuestra deuda; de ahí lo exagerado de nuestras clases pasivas, de ahí lo atrasado de nuestras obras públicas; de ahí la indefensión de nuestras costas, lo mismo de la Península que de nuestras colonias; de ahí la deficiencia de nuestros recursos; de ahí, en fin, nuestras desgracias presentes. Ha sido tanta nuestra desdicha, que cuando en estos últimos años íbamos restañando las heridas de la Nación, cuando íbamos curando todos sus males, cuando íbamos arreglando nuestra hacienda a punto de llegar a su completa consolidación cuando íbamos levantando nuestro crédito y desarrollando nuestras obras públicas, cuando íbamos procurando la defensa de nuestras plazas fuertes, fronteras y cosas, cuando íbamos aglomerando medios ofensivos y defensivos, cuando estaba a punto de terminar la convalecencia, en esta tarea necesaria y patriótica nos sorprenden dos grandes insurrecciones coloniales y una guerra con el extranjero, con una Nación poderosa, robusta, en el vigor de su vida, como los Estados Unidos.

Y en tales condiciones y en lucha tan desigual hemos sido vencidos. ¿Qué tiene esto de particular? ¿Por qué hemos de buscar las responsabilidades de lo ocurrido en éstas o en las otras faltas cometidas? Claro es que se han cometido faltas; se cometen siempre en empresas tan grandes, complejas y peligrosas, sobre todo cuando lucha la escasez con la abundancia. Esto no implica que si ha habido faltas se declaren y se exijan responsabilidades; pero atribuir a estas faltas nuestros desastres, equivaldría a tanto como atribuir el efecto destructor del rayo, a aquél que, sorprendido en el desierto por horrorosa tempestad, no encuentra el medio de impedir el choque de las dos electricidades que se ciernen sobre su cabeza. (Muy bien, muy bien.)

¡Ah, Sres. Senadores! Así, buscando responsabilidades, es como se llega a tales exageraciones; así es como se hace responsable de nuestras desdichas de hoy a todos los hombres políticos, a todos los partidos, a todos los Gobiernos que han figurado en estos [842] últimos veinticinco años en la cuarta parte del siglo. ¿Sabéis para qué? Para atribuir la responsabilidad al régimen actual, que es el que iba poniendo a España en disposición, no de poder luchar con los Estados Unidos (que es difícil a una Nación pobre y pequeña triunfar de otra grande y poderosa), pero si de poder defenderse enérgica y gallardamente.

Éste es el peligro que tiene eso de indagar las responsabilidades de nuestras desdichas.

Pero, en fin, sea de ello lo que quiera, lo cierto es que todavía no estamos en aptitud de exigir esas responsabilidades; que todavía faltan datos al Senado y al Gobierno para exigir debidamente y con justicia estas responsabilidades, y en este concepto el Sr. Conde de las Almenas me ha de permitir le diga que no ha estado acertado, ni mucho menos, al imponer aquí responsabilidades, y además no ha estado justo al imponerlas de una manera tan genérica, porque esas cosas, o se hacen concretando, para que el individuo a quien se acusa pueda defenderse, o no se pueden dirigir a toda una clase, como es la clase armada en nuestro país.

En cuanto al señor general Weyler, parece ser que S. S. echa de menos que nadie haya protestado contra las palabras del Sr. Conde de las Almenas. Yo no tuve el honor de presenciar aquella sesión porque deberes muy urgentes me llamaban a la otra Cámara y porque no sabía que se iba a tratar de esto, pues si lo hubiera sabido no habría faltado de aquí, porque creo que es de bastante importancia, para haber hecho entonces las declaraciones necesarias, y aun cuando me hubieran llamado del Congreso hubiera dejado de asistir allí; pero sé que en aquel día el Sr. Ministro de la Guerra, en nombre del Gobierno, contestó al Sr. Conde de las Almenas, y es más, contestaron también los dignos generales que se encontraban en el Senado. De modo que el señor Conde de las almenas no quedó sin contestación; se le contestó como se debía en aquel momento; se protestó contra tan graves palabras, y yo añadiré ahora además, contra tan injusta acusación.

Pero todos, por lo visto, estamos dispuestos a excedernos. Sin duda el mucho calor, las mismas desdichas que hemos pasado, nos tienen los nervios un poco tirantes, y parece que todos nos excedemos de nuestros propósitos, porque tampoco el general Weyler esta tarde, permítame S. S. que se lo diga, ha estado en su lugar. Ni como Senador, ni como general, ni como ciudadano español, puede S. S. decir las palabras que ha pronunciado. Los generales encontrarán la defensa que merecen: la encontrarán aquí: la encontrarán en el Tribunal Supremo de la Guerra; la encontrarán en todas partes, pero si no la encontraran, no tiene los generales el derecho de tomarse la justicia por su mano. No y mil veces no. (Muy bien, muy bien.-El Sr. Sanz, D. Salustiano: ¡Pero muy bien!-El Sr. Marqués de Estella: Eso sería inicuo en los generales.)

Entonces esto no estaría gobernado constitucionalmente y como lo están los países civilizados: estaría gobernado por jenízaros. Eso no puede ser; los generales más que nadie tienen que dar pruebas de circunspección y de prudencia, y sobre todo pruebas de respeto a la ley, precisamente porque ellos son llamados a hacerla cumplir cuando es necesario, puesto que son el brazo de la Nación.

Yo, que conozco al general Weyler desde hace mucho tiempo, tengo la seguridad de que no ha sido su pensamiento el de que pueda ningún general en ningún caso, por injustamente que se le trate, rebelarse contra la ley, contra las instituciones ni contra el Gobierno español. (El Sr. Weyler: No he dicho eso) ¿No tienen esa significación las palabras de S. S.? ¿No la tienen? ¿No ha sido ese su pensamiento? (El Sr. Weyler: No, ya lo explicaré luego.) Pues entonces no tengo más que decir en este punto.

Esté el señor general Weyler tranquilo respecto de las dudas que pueda abrazar acerca de que haya un Gobierno que no le haga justicia porque eso no puede ser. Si el Gobierno no hace justicia porque eso no puede ser. Si el Gobierno no hace justicia a un general, será porque falta a la ley y a la justicia, y, en el régimen presente, hay muchos medios de castigar a un Gobierno que no hace justicia o falta a las leyes.

Decía yo que no había llegado el tiempo de las responsabilidades, porque es muy difícil juzgar a priori los hechos, y cuando hemos tenido tantas desgracias, claro está que no se conforma bien un pueblo con ser vencido, tiene que echar la culpa a alguien, y muchas veces echa la culpa a personas que, lejos de merecerla, es acreedora a los mayores laureles y a los más grandes aplausos. Por eso, quizás en estos momentos, sin datos, sin bastante conocimiento de causa, quizá hagamos juicios temerarios de un jefe militar o de cualquiera otra autoridad en la idea de que se ha conducido mal, pudiendo haberse conducido tan brillantemente como el que hubiera ganado la mayor de las victorias.

Los hechos de la guerra más culminantes en la campaña realizada con los Estados Unidos, todavía no tienen estado parlamentario para poder ser discutidos, puesto que todavía no hay bastantes datos para que los pueda examinar el Tribunal Supremo de Justicia, y exigir las responsabilidades a que haya lugar. Las mayores catástrofes, las mayores desgracias, no pueden todavía ser juzgadas ni por el Senado ni aun por los tribunales militares.

Esperemos, pues; tengamos paciencia para esperar, hagamos el sacrificio de nuestras legítimas impaciencias, ya que hemos hecho sacrificios mucho más costosos y todavía mucho más costosos los tenemos que hacer, para aguardar el día de la liquidación, y entonces todo lo podremos discutir, todo se podrá aclarar con conocimiento de causa, examinando los actos del Gobierno, de sus autoridades, de todos, para exigir la debida responsabilidad. Por eso yo me atrevo a apelar al patriotismo de todos, para que tengamos un poco de paciencia, para que se eviten estos espectáculos y estas sesiones ruidosas, y sólo se atienda al bien público, inspirando en este bien público todos los discursos y todos nuestros actos, a fin de que, huyendo de discursos ruidosos, de aparatos escénicos, no procuremos más que ver de sacar al país de la situación en que está, que es lo primero que hay que hacer.

Porque, Sres. Senadores, mientras nuestros soldados permanezcan en la miseria en países lejanos, no podemos pensar en otra cosa que en la paz, en hacer la paz, y cuando la paz esté hecha, cuando esté hecha la luz sobre todo lo que ha sucedido, entonces el gobierno vendrá a las cortes con el tratado correspondiente dando cuenta documentada de todo, como dice la Constitución, y en ese momento los Diputados y los Senadores podremos tratar todo con la mayor amplitud, al objeto de exigir todas las res- [843] ponsabilidades necesarias, y muy especialmente para aprender en el pasado qué debemos hacer en el presente, a fin de prevenirnos para el porvenir.

Pues bien, lo que urge sobre todo, Sres. Senadores, es que saquemos cuanto antes del cautiverio a nuestros soldados, a nuestros oficiales, jefes y generales: lo que urge sobre todo es procurar que cesen los gastos onerosos que ha traído la guerra y con los cuales ya no puede el país. Lo que importa y lo que urge, también muy especialmente, es levantar algo el crédito para acudir a los compromisos apremiantes que hemos contraído: lo que importa y lo que urge, vuelvo a decir, es devolver a nuestros campos, a nuestros talleres y a nuestras fábricas, nuestros pobres soldados para que hagan renacer el trabajo suspendido, el trabajo que es el único medio de subsistencia que se puede proporcionar a nuestros obreros, a nuestros agricultores y a nuestros labradores.

Y después de conseguido esto, veremos, Sres. Senadores, de exigir las responsabilidades del día. Entretanto, yo suplico a los Sres. Senadores, yo os lo suplico por la Patria, por el país, por lo que más amáis en el mundo, yo os suplico que dejéis nuestras discordias y nuestras diferencias para después, no para ahora, porque ahora, Sres. Senadores, sin quererlo, pueden ser un atentado contra la existencia y contra la salvación de la Patria. Unámonos, pues, que es la mayor fuerza que podemos dar a nuestros negociadores para que puedan defender los intereses de España en las graves cuestiones que van a entablarse, y saquemos todo lo que podamos de esta terrible desgracia. Si después de ella sacamos algo de la experiencia que todo esto nos ha producido, claro es que hemos sufrido grandes males; pero, al fin y al cabo, tendrán alguna compensación.

Perdonadme, Sres. Senadores, y concluyo, por estas palabras que acabo de pronunciar. (Muy bien, muy bien.)